sábado, 11 de febrero de 2012

Las pistas divergentes: un cuento corto



El argumento: un hombre se levanta temprano una mañana. Hace lo mismo de siempre, se lava, se peina, viste saco y corbata porque, como todas las mañanas, debe ir al trabajo. El hombre es funcionario. Esa mañana cae en la cuenta de que prestó la corbata a un colega y entra en pánico. No puede ir al trabajo sin corbata, no está permitido. Además, si llega tarde el jefe lo pondrá sobre aviso. Llama al colega por teléfono pero responde una voz desconocida que le anuncia la muerte, ahorcado con una corbata que no era de él, de su colega y agrega que la policía busca el dueño…

…La policía siempre está en busca de alguien o de algo, un indicio, una pista, lo que sea. Su función es cuidar y cuidar implica vigilar, investigar, dudar, prevenir. El hombre es policía con alma y profesión de investigador y desde esa mañana busca un lugar para vivir pues su mujer lo puso en la calle porque no creyó el cuento del colega y la corbata, ella asegura que la dejó atada en la cabecera de alguna cama de motel.

El hombre no se presenta al trabajo y dedica horas y días a buscar en casas y pensiones para hombres solos un lugar donde vivir. No se decide por ninguna y duerme en hoteles de tercera hasta que encuentra en el baño principal de un apartamento, para alquilar amoblado, un cepillo de dientes listo para ser usado. La crema dental azul, blanca y verde, brillante, extendida sobre las cerdas llama su atención. Parece recién aplicada. Saca un pañuelo del bolsillo interior de su chaqueta, siempre lleva chaqueta para disimular el arma bajo la axila, y toma el cepillo con delicadeza, para no dejar huellas, por el extremo opuesto a las cerdas y la crema. Lo levanta hasta la nariz. Pareció como si lo fuera a poner en su boca pero sólo aspiró el olor mentolado de la crema. Mientras aspira observa su figura en el espejo del baño. El olor también parece fresco.

Con el cepillo en la mano el hombre se mira con aire de duda. Quizá también duda de que sea él quien se encuentra allí con el indicio de algún hecho bochornoso en sus manos. Quien puso la crema en el cepillo abandonó el lugar bajo presión, no alcanzó a terminar lo que hacía y es bien posible que se encuentre en paños menores o desnuda. ¿Desnuda? Repitió en voz baja. Alejó el cepillo de su cara, lo colocó a la misma distancia entre él y el espejo y considero, en el objeto real y en su reflejo, si era el tipo de cepillo de dientes que compraría una mujer, o un hombre.

Por los diseños rosados con borde azul cielo decidió que el propietario era mujer. Consideró también la delicadeza con que la crema estaba puesta, apenas posada, casi volátil con la punta en arabesco. Esa figura sólo podía lograrla una mano de mujer delicada y frágil. Su olfato de investigador no se equivocaba en esos detalles. Con el cepillo entre índice y pulgar miró alrededor con la esperanza de encontrar otro indicio que abriera pistas. Era definitivo, abrir pistas, encontrar opuestos, juntar cabos. Después estaría en disposición de lanzar una hipótesis.

Hasta ese momento, cuando decidió hacer otro recorrido por el dos piezas amoblado con salón comedor y cocina en un solo espacio, más dos baños, había mirado el lugar sin verlo, como sucede después de haber pasado por una buena veintena de ofertas similares para alquilar, pero ahora, con el indicio principal entre sus dedos, la prueba reina, si lograba descifrar el enjambre, su mirada era muy distinta a la del potencial arrendatario, era la mirada del profesional curtido por cientos de casos resueltos aunque de eso hacía ya tiempo, los últimos años los había pasado como policía de uniforme en vigilancia del espacio público. Un superior lo degradó por culpa de su mujer, la misma que lo puso ahora en la calle, con quien sostenía encuentros amorosos. A pesar de que él la perdonó para no cortar su carrera de un tajo, el superior no perdonó que lo hubiera descubierto y lo degradó sin miramientos.

Recorrió el apartamento con los ojos bien abiertos. Con cuatro ojos le hubieran exigido sus profesores de la escuela de investigadores. Observó los rincones, debajo de los muebles, entre los platos de la vajilla incompleta, que hacía parte del inventario. Examinó debajo de los dos tapetes que adornaban la sala y la habitación principal; levantó los marcos de las láminas con paisajes marinos colgados en las paredes; miró detrás del televisor en el rincón más alejado del salón. Por último abrió las puertas del armario en la habitación principal y se encontró con una maleta y un pantalón con camisa, listos para usar. Con una rápida mirada definió que la ropa era de hombre y la maleta, por el color, el material y la forma sólo podía pertenecer a una mujer…

Una maleta de mujer, a parte de colores y materiales que pueden ser rosados y brillantes, también tiene forma y aquella era redonda como una sombrerera. Curioso se diría el investigador, policía en uniforme, engañado por su mujer, sin uniforme en ese momento. Curioso que una maleta con forma de sombrero, en una época en que sombreros no se usan, se encuentre en un apartamento para alquilar amoblado. Las únicas que llevan sombrero en estas épocas de chips y tecnología galopante son la Reina de Inglaterra y las damas que la rodean. Entre aquella gente sí que debe haber sombrereras de colores y texturas variadas, quizá ésta tenga un dueño interesante, se dijo, e intentó sacarla del armario. Fue imposible. Pesaba demasiado o, otra pista, estaba atascada. Alguien tuvo que hacer ese trabajo…

Las pistas divergentes, en aumento, lo llevaron entonces a tomar una decisión definitiva. Buscó su celular en el bolsillo, marcó un número, cuando escuchó la respuesta se identificó: nombre, número de opción y dirección del apartamento. Esperó mientras encontraban su ficha en el sistema y cuando recibió la confirmación de que el apartamento seguía disponible dijo tajante, lo tomo…

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada